Nació en julio con la tierra abierta, esperando sus pies,
allí, donde Sabaneta
es un espejo eterno de agua y polvareda.
Elena y Hugo de los Reyes no entregaron solo un nombre;
ofrendaron una espiga,
una herencia de lluvia y de llanura, un mismo sol,
para que aquel niño de pies desnudos, comprendiera que el espíritu de la patria comienza en el hambre de los que luchan.
En esos delgados cuerpos, trazar una geografía donde los humildes no fueran puntos, sino caminos.
Chávez, Comandante, no buscamos tu estatura en un pedestal de bronce;
te miramos ahí, donde la raíz se vuelve radical grito, donde cielo y tierra te pueblan igual que un solo manto.
Porque no terminó tu cuerpo en la piel: Fue un nido cierto, invariablemente abierto,
donde se sentaron a comer los olvidados y los desposeídos.
Y de la posa de tus palmas, probaron para siempre la savia de la infinitud.
Son ahora tus pasos, el surco de la mujer campesina,
que guarda en las uñas el trabajo y la memoria de la semilla;
de los hombres del campo que alimentan el peso del trigo sin que les tiemble la fe.
Tu pecho, un aula abierta en la mañana:
Aquí los niños corren con los pies calzados de presente,
escribiendo en las pizarras de hoy,
con sus dedos hechos de luz
los nuevos nombres de la patria;
mientras la juventud —tu juventud—
purifica su sangre con la urgencia de la ciencia y el amor.
Tu pulso, Chávez, Comandante, es el mazo vivo de la obrera y el sudor del trabajador.
Tu voz, un engranaje de fuego imparable en las calles, en la montaña o en las fábricas,
porque al ritmo de los necesitados,
a latir aprendió tu corazón;
allá, donde el hierro se vuelve pan
allá, junto a la perdurable risa de quien glorifica la paz.
En nuestros días tus ojos habitan en el asombro del anciano que recuperó la vista, en el blanco pasillo de su reciente hospital;
esa mirada que a la tempestad de los años, ya no teme
porque hay una mano médica que es, en realidad,
una extremidad de tu propia ternura, Comandante.
Eres el ardiente brazo que une el pueblo con la estrella,
la limpia agua que por los cerros baja
como una santa vena cristalina hacia la boca del sediento.
La multitud, es tu hechura, Chávez, Comandante:
Una duración de barro y de galaxia,
forjada en el rigor del bronce y la ternura,
con la espada de Bolívar sostenida,
consagrando el fervor de tus hombros
como la viga cardinal de esta República,
como un territorio que se queda,
como un lugar donde habitamos, perpetuos, tu vida.
León 2026, Reynaldo Borda

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